Los papeles de Federico Revilla

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HISTORIAL Y PUBLICACIONES MELIBEA
Textos sobre cultura hispana

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Correo electrónico: papelesfr@gmail.com

Panorámica de una trayectoria

Nunca me sedujo volver la vista atrás. He tendido siempre al futuro, no sin haber ocupado responsablemente mi rincón de presente : un presente muy vivo, en cuanto objeto de la observación, la información y la opinión, como cumple al periodista. Lo fui, de hecho, a partir de mis 17 años.

Pero quizá sea oportuno hacer una excepción y recapitular algo de lo que profesionalmente llevo vivido.

Ahora que pretendo esbozar mi trayectoria, encuentro ciertos hitos que debidamente ordenados componen una historia de nuestro tiempo. No en vano se trataba de seguir y vivir la actualidad. Porque a mi me atraían casi todos los géneros literarios (llegué a asumir incluso la crónica taurina). Esa es la razón por la que me incliné ante todo al periodismo, después de haber publicado varios relatos que, naturalmente, hoy no me apetece releer. La palpitación de la actualidad, las exigencias de la información, me fascinaron desde el primer momento. Ya introducido en el periodismo, mi descubridor y más adelante mi amigo, Antonio Pérez de Olaguer, director de “Momento”, me estimulaba a cultivar la entrevista. No negaré que a aquella edad (¡y entonces!) ser recibido, atendido y mantener una conversación absolutamente libre con personalidades como Giorgio La Pira, “El Gallo”, Vila Arrufat, Renata Tebaldi, Mario del Mónaco, Mary Carillo, Nuria Espert, Carlos Arruza, Emma Penella, Hermen Anglada Camarasa, Marcos Redondo... era una experiencia seductora. Procuraba – en vano – evitar las entrevistas con futbolistas : todos decían lo mismo (y dicen, todavía, lo cual no evita que sea un género muy leído).

Yo tenía muy claro ya entonces que no habría de echar el ancla en el periodismo, aunque por el momento me apasionase. Fundé una agencia de colaboraciones periodísticas, “Horizonte”, que mantuve durante unos años, hasta que el servicio militar me hizo imposible aquella responsabilidad. Una lástima, porque la agencia no me hubiera hecho rico, pero me proporcionaba una ganancia holgada para un muchacho de mi edad. Pude mantener algunas colaboraciones y publicar mis primeras novelas cortas. Pero cada vez me escapaba más, siempre que podía, a otros géneros periodísticos que considerase más empeñosos : cuando Horacio Sáez Guerrero me abrió las puertas de “La Vanguardia”, publiqué bastantes artículos, algunos de ellos en su muy prestigiosa página “Colaboraciones de La Vanguardia”.

La distancia del tiempo permite reconocer que aquella sucesión de colaboraciones contiene algunos hitos que hoy pueden servir para la historia. Por ejemplo, mi artículo “El ‘Indice’, una época que se cierra” (“La Vanguardia”, 12 de febrero de 1966) fue una temprana salutación a uno de los primeros movimientos de cambio o modernización en la todavía rígida estructura de la Iglesia católica. La perspectiva de un concilio ecuménico estaba muy lejos todavía. Pero... El teólogo José Capmany – que más tarde sería obispo – me escribió una mesurada carta, amistosa y dialogante, algo preocupada mas no alarmada.

Más rupturista, sin duda, había sido mi artículo “La religión no es una asignatura” (“La Tarde”, Santa Cruz de Tenerife, 29 de marzo de 1957). He aquí un tema que, por desgracia, ¡todavía colea!.

En 1966 obtuve el Premio Ciudad de Madrid por mi novela “¡Yo no soy Pat Willey!” y con este motivo me ofrecieron un homenaje en el Hotel Majestic, de Barcelona, el día 11 de junio de aquel año. Puedo recordar que la iniciativa fue particularmente acogida en círculos universitarios y científicos, aunque yo no había pasado todavía por la universidad.

En 1975 recibí el Premio Nacional de Narraciones Literarias Infantiles y Juveniles. Como dato curioso, el diploma está firmado por el último ministro de Información y Turismo de un gobierno franquista, pero me lo entregó el primero de la monarquía. Una encrucijada histórica. Debo reconocer que lo recibí con cierta desilusión : debido a la continuidad de mi trabajo, hubiera podido merecerlo igualmente unos años antes u otros después. Pero aquel año, precisamente, había presentado un trabajo que suponía una nueva actitud. Se trataba de un sólido estudio sobre la revista “TBO” : empeño de una sola vez, puesto que probablemente no habría de repetir trabajo semejante (así lo suponía entonces).

Curioso detalle : en el jurado figuraba el dueño de “TBO”. Por otra parte, precisamente mi estudio era y es muy crítico respecto de los contenidos de “TBO”. Parece lógico que distase mucho de agradarle. Sea como fuere, el premio fue concedido a un guionista, no a un estudioso del género, como la convocatoria parecía requerir. Casualidades.

El mismo trabajo fue publicado más tarde por la Universidad de Barcelona (“Un estudio psicosociológico sobre TBO”. Prensa Infantil y Educación. Seminario de Sociología de la Educación. Departamento de Pedagogía Sistemática. Barcelona, 1981). Más tarde se publicó una síntesis en “Arbor” ("Psicosociología del tebeo español de la posguerra". "Arbor", Núm. 435. C.S.I.C. Madrid, 1982).

Por aquellos tiempos me introduje en el más sugestivo de los medios, la televisión, con un espacio semanal fijo dedicado al público juvenil (“¿Cuál es tu final?”). El contrato inicial fue prorrogado dos veces. Una apasionante experiencia.

Conversaciones de Intelectuales de Poblet

Hace poco recibí la visita de una joven profesora de la Universidad Autónoma de Barcelona, a quien se había encargado un estudio sobre la resonancia de las cuestiones científicas en el mundo de la información : había sabido vagamente algo sobre unas reuniones en Poblet y deseaba confirmarlo y completarlo, si era posible.

Acertaba. Porque la idea había sido mía y no hubiera podido ponerse en marcha sin los múltiples contactos universitarios de Alejandro Díez Macho, eminente biblista de prestigio mundial, y Enrique Linés, entonces secretario de la Universidad de Barcelona. Eran los tiempos cuando la noticia de los avances de Severo Ochoa y la cuestión de la síntesis biológica habían saltado a las páginas de los periódicos, suscitando no pocas dudas y discusiones. Se trataba de reunir a especialistas de las más heterogéneas disciplinas, en busca, ya que no de un acuerdo – inviable y acaso inútil –, por lo menos de una comprensión mutua de los especialistas más alejados entre sí. De hecho, se confirmó que los científicos manejaban unos conceptos y un lenguaje, en rápida evolución por cierto, mientras que los humanistas mantenían los suyos muy atenidos a su respectiva tradición (filósofos, filólogos, historiadores, teólogos). Hacerles coincidir y conversar – nada más que conversar – podía ser una aportación tan oportuna como valiosa.

Yo propuse localizar aquella experiencia en el ámbito de Poblet, entonces muy alejado del “mundanal ruido”, cuyo abad, Edmundo Garreta Olivella, nos ofreció, cuando se le propuso, una hospitalidad sencilla y sincera. La comunidad cisterciense era muy simpática. El ambiente de silencio, serenidad y apartamiento favoreció mucho aquellos encuentros, siempre dos días y medio en fin de semana. El primer encuentro se desarrolló en 1959 y aquella experiencia se prolongó, anualmente, durante nueve ocasiones. En este punto – recuérdese la índole axial de aquel decenio en la historia de las mentalidades – comprendimos que la experiencia había llegado a un punto especialmente delicado.

Me había encargado de publicar en “Arbor” los resúmenes de cada año – de primera mano, si más no –, pero otras publicaciones también se hicieron eco de las Conversaciones, aunque no todas con la debida neutralidad. Cuando la joven profesora, al cabo de tantos años, me quiso comunicar el resultado de su pesquisa actual, había encontrado más de sesenta referencias en los medios de comunicación de su tiempo. Por lo menos, ¡un éxito de comunicación! : dicho sea con esta distancia, que neutraliza cualquier sospecha de vanagloria.

Aunque las Conversaciones de Poblet no habían aspirado a la resonancia, he aquí que alguna habían obtenido, hasta mucho más allá de lo que sus promotores hubiéramos supuesto.

Actividades en paralelo

Quizá mi dedicación constante a géneros escritos me haya distraído para recoger aquí debidamente mis actividades personales cara a cara con el público : es decir, la continua dedicación a conferencias, cursillos e incluso – durante algunos años – a una docencia oficial prolongada. El contacto vivo con los receptores de la comunicación es una experiencia apasionante, a la que nunca he renunciado y no pienso renunciar. Y al parecer los resultados son satisfactorios – ¡se perciben minuto a minuto! – porque esta dedicación no ha cesado nunca. Cuando la UNED (Universidad Nacional de Educación a Distancia) me invitó a participar en uno de sus cursos, éste fue el comienzo de una relación que se prolongó durante diez años. Pero lo más curioso del caso es que no se me requería una docencia en ninguna de mis áreas habituales (la Historia del Arte, las Ciencias de la Comunicación, ni la Literatura), ¡sino precisamente en Pedagogía!

Otro ámbito. Mis diversas experiencias, recogidas en tantos ambientes diversos, me habían llevado al mundo de las Relaciones Públicas. La bibliografía era abundante, mas toda traducida (generalmente, del inglés) : por ello adolecía de inadecuación para su aplicación práctica en la sociedad española. Recibí el encargo de preparar el primer tratado de Relaciones Públicas no sólo escrito en español, sino atenido a la realidad de nuestro mundo (“Hacerlo bien y hacerlo saber”. Oikos Tau. Vilassar de Mar, Barcelona, 1970). Debo suponer que debió venderse bien : me consta que lo compraban mis alumnos de Relaciones Públicas en la Universidad de Barcelona, pero las liquidaciones por derechos de autor fueron menos que escuálidas. Quede la suposición ingenuamente en el aire.

Por aquel tiempo, fundé una empresa precisamente para el ejercicio de las Relaciones Públicas : “Kymbalon – Centro Técnico de Relaciones Públicas S. L.”. Trabajamos mucho y de ello resultó mi amistad fraterna con Manolita Genicio. Pero los gastos generales se comieron las eventuales ganancias y al cabo de un año pareció prudente disolver la sociedad.

Mi especialización en Historia del Arte

En 1977 obtuve mi doctorado en Filosofía y Letras (Historia del Arte) con mi tesis “Simbología de las celebraciones públicas en Barcelona durante el siglo XVIII”.

Puedo suponer que fuese la primera tesis doctoral acerca de simbología. Confirmaba con ella mi orientación hacia una especialidad de la Historia del Arte, ya prestigiada ultrafronteras por investigadores como Erwin Panofsky, y que me conduciría también a una seria atención hacia las motivaciones, así como los significados de las obras de arte, aspectos que me llevaron a un interés hacia los predios de la psiquiatría, la psicología y la sociología. Esto vertebra, al cabo, la denominación que he asumido de Psicosociología del Arte : al cabo, se trata de otro ángulo – muy rico, por cierto – desde donde orientar los estudios sobre arte.

Se comprende así mi aproximación, y en ocasiones colaboración, con los psiquiatras, que debo en parte al interés que me demostró el Dr. Ramón Sarró, “patriarca” indiscutido de los psiquiatras catalanes. Las reuniones en su domicilio particular no se me han olvidado. Hacia aquella época fui invitado a desarrollar una ponencia en la “II Reunión Nacional de la Sociedad Española de Psicopatología de la Expresión” (Zaragoza, 1983). Y poco después me nombraron vicepresidente del comité organizador del “XVI Coloquio Internacional de Psicopatología de la Expresión” (Barcelona, 1984).

También fue insólita mi hipótesis sobre el supuesto juglar travestido en un capitel románico (“¿Un juglar travestido en el claustro de Sant Pere de Galligants?”. “Goya – Revista de Arte”, Núm. 292. Madrid, 2003). Pero este texto no es más que un ejemplo.

Por otra parte, creo que fue bastante desmitificadora mi teoría sobre el espíritu del modernismo, ¡tan elogiado y tan “internacionalizado” actualmente!. (“Motivaciones del modernismo en Cataluña”. “Goya”, Núms. 283-284. Madrid, 2001).

Los temas insólitos también pueden ilustrar nuestro pasado y por ello encontrar cabida en las publicaciones más exigentes y serias ("Iconografía de la sensualidad a comienzos de siglo". Fundaçao Calouste Gulbenkian. "Colóquio / Artes", Núm. 93. Lisboa, 1992.). En este caso, avalaba mi atrevimiento el prestigio de José-Augusto França, director de aquella revista, en la que colaboré durante bastantes años.

Mi aportación a la emblemática

Sé que mi trabajo en Historia del Arte – ya de muchos años – no se explica sin la amistad y la colaboración con Santiago Sebastián : no sólo un historiador empeñoso y atrevido, sino un hombre generoso, un verdadero “maestro”, que naturalmente hubo de cosechar no pocas ingratitudes. Más de una vez, me dijo que yo era todavía más arriesgado que él en cuanto a hipótesis y sugerencias. No creo que haya talante preferible para avanzar en cualesquiera ciencias.

Uno de los méritos de Santiago Sebastián – que no se le han valorado en justicia – fue el interés hacia la emblemática. En efecto, es una vía más para la interpretación de muchas obras, particularmente de los siglos XVI a XVIII. Yo hube de fijarme en ella durante el estudio para mi tesis doctoral de las obras efímeras en Barcelona durante el XVIII. De ahí a ampliar mi atención a la emblemática no hubo más que un paso.

En efecto, durante unos años estudié numerosos libros de emblemas. Mi método fue muy personal : la aplicación a la emblemática de la técnica del análisis de contenido. Esta permite una precisión y una seguridad poco frecuentes en la inmensa mayoría de los ámbitos de la historia. Por ejemplo : si en el libro “Emblemas morales” de Sebastián de Covarrubias he enumerado 115 citas de Ovidio, es decir, el 28’96 % de las citas de todo el libro, puedo afirmar con la más sólida certeza que el autor fue un ovidiano de pro ; si acaso no un apasionado de aquel autor.

Cuán pocas veces la historia puede afirmar algo con tanta firmeza y rotundidad.

Proseguí estos estudios durante varios años, presentando sus resultados en sendos congresos de la especialidad (por lo cual han sido publicados la mayoría de ellos). Pero, al cabo, considerando que mi aportación ya estaba hecha y que poco más podría añadirle aunque aumentase el número de los libros de emblemas estudiados, fui poco a poco apartándome de esta temática, en procura de otras que ofreciesen campos nuevos a la investigación.

¿Demasiado personal?

Comprendo que mi actitud sea discutible. No me importaría que fuese criticada. Pero cada cual es dueño de su tiempo, de sus facultades y de su temperamento. Otros ámbitos me aguardan, y la vida sigue.

He procurado que ninguna especialización me encierre ni me limite, por muy atractivo que fuere su ámbito. Por ello continúo cultivando la narrativa, con preferencia para la novela, así como el artículo periodístico (regreso a mis orígenes) : hasta hace poco, publicaba los artículos breves para mi “blog” en esta misma página. Pero aquello, como todo en este mundo, debía atenerse a unos límites. Y por consiguiente, aceptar o elegir un punto y seguido.... ya que no, por ahora, un punto final.

Como este mismo. ¡Por ahora!





Fotos en cabecera: De izquierda a derecha: Katharine Hepburn, en la época de su plenitud; una delas esculturas de Chillida en plena naturaleza; indita pobre, el perfil humano de los predilectos de Pedro Casaldáliga; y uno de los muchos autorretratos de Frida Kahlo.